Es de sabiduría antigua la máxima latina errare humanum est —«equivocarse es humano»—. Nuestra sabiduría popular lo refleja en el dicho «quien tiene boca, se equivoca».

Hace unos días me encontré en una situación que me dejó un poco sorprendido. Pensándolo después, creo que cada vez estamos poniendo las cosas más difíciles a quienes vienen detrás.

Una palabra

Estas pasadas Navidades, nos contaba un viaje una niña pequeña a varios adultos. En un momento dado, conjugó mal un verbo o usó mal un participio. No recuerdo exactamente la palabra, pero es muy similar al ejemplo que sigue.

—… y el cristal estaba rompido.

—No es «rompido», se dice «roto».

En cuanto pronuncié esa frase, me corrigieron a mí. Antes de nada, no me parece mal que me corrijan. Con la edad que tengo, sería idiota si pensase que estoy libre de fallos. Aunque me parece que en este caso, no sé si la corrección tendrá los motivos adecuados.

Está fuera de duda que era una corrección cariñosa. No había en absoluto reproche. El error en la corrección es que no se debe ya corregir de modo explícito según la neopedagogía. Hay que usar la palabra correcta en una frase posterior, para que la personita pueda advertir cuál es la forma correcta.

Estoy formado según la paleopedagogía —la pedagogía antigua, o simplemente anterior—. El máximo problema de la corrección parece ser evitar que quien recibe la entienda como que está mal que no lo haga bien. Exagerando, aunque quizá no mucho, es para evitar futuros traumas.

¿Humillar o ayudar?

Antes de seguir, creo que es importante ver por qué corregimos. O más bien, por qué deberíamos corregir y recibir con agradecimiento las correcciones que nos puedan hacer.

Está claro que se puede usar una corrección para humillar a otra persona. Es el modo de decir sin más que la otra persona lo hace mal, mientras que obra bien quien lo dice. Dependiendo del contexto, puede incluso ser un abuso común de las correcciones.

Sin embargo, la auténtica corrección es una ayuda. Es permitir que la otra persona pueda llegar a hacer mejor lo que ya hace. No tiene que haber superioridad en la persona que corrige. No es que sepa mucho más o que sea mejor. Sencillamente, sabe aquello de lo que nos advierte que debemos hacer mejor.

Hay personas que son inmejorables. No porque ya estén muertas, sino porque no pueden hacer las cosas de otros modos. Nos puede pasar a nosotros mismos. La carencia es la misma, que no aceptemos la posibilidad de nuestra equivocación. Por eso, hay veces que es mejor dejar que se equivoquen —o que nos equivoquemos, si la tozudez es propia—.

La mejora necesaria

La corrección surge de una situación básica, la necesidad de una mejora puntual. Puede tener más o menos trascendencia, aunque nunca es una enmienda a la totalidad. Corregir no es explicar algo desde cero, sino mejorar un aspecto. Pensar que hacemos o hacen todo mal porque detectemos un error es absurdo. Tan absurdo como el chiste de que enseñemos un dedo, preguntemos qué ven, que nos respondan «un dedo» y pensemos qué bien nos escondemos.

Nadie nace sabiendo, pero siempre aprendemos. Necesitamos ver que podemos hacer mucho mejor las cosas. Eso no es malo. El problema es pensar que no cometemos errores y que no necesitamos mejorar. En definitiva, que ya lo sabemos todo —o que ya sabemos todo lo relevante, o todo lo que necesitamos—. Los seres humanos llegamos a saber por aprendizaje. Del mismo modo que respiramos aire, necesitamos tiempo y errores para llegar a saber.

Las personas podemos mejorar, de hecho crecemos de ese modo. Si la confrontación con nuestros propios errores —la haga quien nos la haga— es problematica, tenemos un problema mayor que el hecho de que nos equivoquemos. El mundo es independiente de nuestra voluntad y de nuestros conocimientos. Dicho mal y pronto, no estar a su altura es exclusivamente fallo nuestro.

Una corrección no es de la persona, sino de un conocimiento parcial o falso. No somos máquinas, ni arreglamos, ni nos arreglan. Sin embargo, eso no supone que no tengamos que mejorar. Porque hacer las cosas bien lleva menos tiempo y da mejor resultado que hacerlas mal.

Cuestión de perspectiva

Me temo que hay dos supuestos que peligrosos que evitan la corrección directa. Tanto de la quien puede mejorar, como de quien debería corregir.

Quien trata de corregir sin que se note, parte de un supuesto que es mucho más exigente que la corrección directa. Esa presunción es que la persona va a saber qué es lo que tiene que corregir y por qué. En realidad, así se exige mucho más que si le identifica directamente el fallo y la razón de error.

Quien debe mejorar puede tener la impresión de que no comete fallos o de que no son releavantes. Como nunca hay una corrección directa, puede llegar a pensar que son formas diferentes de hacer o pensar. Por supuesto, hay muchos detalles que dependen del contexto. Sin embargo, dado que las personas interactuamos y vivimos en sociedad, es importante que viviamos en el mundo que es y no en el que creemos que puede ser.

El peligro final es el fraude a la persona. Puede que todo el sistema o proceso educativo no quiera asumir la responsabilidad de corregir. Es un modo de quitarse del medio, como otros muchos. Pero habrá un momento en que alguien esté en posición de exigir. El trabajo, tu pareja, las amistades, tu familia o la comunidad de vecinos. En el fondo, da igual quien sea. Que los sentimientos sean nobles —o que simplemente no haya malicia— no implica que no estemos haciendo nada mal. O que no seamos responsables de nuestros errores.

(Última edición: 09/01/2018, a las 14:02)